Un día, casi sin darnos cuenta, nos dicen que tenemos que cerrar los Centros, dejar nuestro trabajo, nuestra vida diaria y encerrarnos en casa, un día tal como el 15 de marzo de 2020.

A partir de ese día, poco a poco me fui apagando, y es que yo, como muchos otros trabajadores, soy autónoma, con mi propio negocio que monté con 24 años. Tras 10 años de arduo trabajo y cuando por fin las deudas estaban medio saldadas, comienza una pandemia mundial, conllevando a los españoles a una gran crisis económica. Comienza un largo período sin ingresos, sin un sueldo que aportar en casa y eso me empieza a consumir, además de el «no poder hacer nada», más allá de los famosos «Directos» que hice con mis hijos a través de facebook y tanto gustaron.

Y continúan avanzando los meses y me quedo sin mis «reservas» económicas, pero tengo la suerte del apoyo familiar y con ello, permitirme el lujo, sí, el lujo, de mantener mi negocio aunque continuara cerrado y seguir pagando a mis trabajadoras, y seguir ilusionándome por «un nuevo comienzo».

Y mi nuevo comienzo empezó ayer, abro la persiana de mi Centro Infantil, ya por fin para recibir a niños y niñas, estaba tan vacío sin ellos que era desolador ir, y me caen lágrimas de emoción e incertidumbre, comienzo estrenando todas las nuevas medidas, gel hidroalcohólico, limpieza y cambio de zapatos, cambio de ropa, desinfección completa y continuo andando, enciendo las luces y me doy cuenta que sigo llorando.

Me dirijo a la cocina para organizar el menú del día, me pongo los guantes y llaman a la puerta, por fin el primer alumno ha llegado. Me seco la cara y voy hacia la entrada, le tomo temperatura con termómetro láser, le limpio las manos con difusor de espuma hecho de jabón y agua, le seco las manitas, limpio los zapatos y me da la mano, vamos.

Al poco llega una de mis compañeras, y parecemos dos niñas emocionadas, y así continua mi mañana.

Fue un día emocionante, llegué a casa, que a pesar de que fueron aproximadamente la mitad de los alumnos matriculados, he estado tan emocionada y estresada, que estoy cansada. Beso a mis hijos, a mi marido, me siento en el sofá, y vuelvo a llorar. GRACIAS mundo por dejarme continuar.

No quiero finalizar mi pequeña reflexión sin mencionar a todos los padres del curso pasado, fueron medicina para mí, y es que en nuestro Centro se crea una familia, un vínculo que crece con el tiempo y las palabras de apoyo y agradecimiento fueron motivacionales 100%.

Un aplauso a mis padres nuevos de este curso y antiguos que continúan, respetando normas, con tranquilidad, con comprensión y confianza, hacéis que mi trabajo merezca la pena.

Y para acabar, los niños, esos «locos bajitos» como diría Serrat que me parten el alma con sus ocurrencias y que tanto he añorado. Escucharlos reir, pelear, llorar, gritar, cantar… es una sensación tan increíble que hay que ser MAESTRO para sentir esto. Una profesión completamente ligada a los sentimientos y al cariño.

Me despido con un abrazo fuerte a todos mis compañeros, colegas del gremio, lo vamos a hacer genial, ánimo.